Librerias café

cafe libreria

Me atraen muchas cosas que no van nada con mi personalidad. Entre ellas lo de la vida bohemia. No soy nada descuidada en el aspecto personal, ni paso ratos solucionando la vida política, social, cultural en un café. No soy bohemia.

Sin embargo, planeo desde hace mucho tiempo ponerme ropa cómoda, dejar el teléfono en casa, agarrar el libro que leo y coger el primer tren para Madrid. Luego parar en Sol, andar hasta una librería café, sentarme en un rincón, coger libros y pasar un buen rato en tan silenciosa compañía. Hay un ritual filológico que no se me quita con toda la tecnología que hay, por mucho que quiero a mi Kindle: coger un libro en las manos, mirarle las fotos de portada, buscar la historia del porqué están allí, leerme la biografía del autor, ver si tiene índice, enterrarme de la estructura del libro, alegrarme con la presencia de las lemas, mis queridos mottos.

Tengo una imagen idílica de esta escapada. Me imagino allí sentada cuando de repente el café se llena de personajes peculiares que se sientan en la mesa, sacan sus cuadernos de apunte y alguien empieza a hablar de repente. Se inicia una sección de lectura en voz alta de un libro. Me dejo arrasar por la voz del que lee, por el discurso delicioso del libro, por la intriga del qué va a pasar.

Pero de momento ni puedo dejar el teléfono en casa, por lo de no poder dejar de saber en todo momento como está mi baby boom, ni puedo taparme sin ton ni son con una librería café tan idílica en Madrid. Ayer tuve una cena en Malasaña con mis compis. Al llegar primera al restaurante me dejé atraída por una librería café que había al lado. Brujería de sirena malvada: al sentarme a la mesa con mi café  me di cuenta del mayor horror: había carteles avisando que los libros no se podrían tocar durante las consumiciones por miedo a no ensuciarlos. Me resigne como una tonta diciéndome: es una café librería no una café biblioteca. Pero hoy al repensarlo me doy cuenta de mi estupidez. No es que haya confundido yo los términos. En realidad el concepto del café estaba mal planteado, de hecho era un engaño digno de ser denunciado. ¿Para qué existe una cafetería enfrente del Teatro Lara, en plena Malasaña que tiene libros nuevos que no se pueden tocar, que son solo para la venta? ¿Para qué la gente entre dentro tome sus cafés y mire los libros de lejos por si ve de reojo el libro que hace tiempo le hubiera gustado leer y comprárselo? ¿Para qué la gente esté tomando, charlando en buena compañía, sobre todo refiriéndome a los libros? Daño no hacen con esto pero si crean un poco de desilusión.

Mi café librería huele a café y libros (¡qué cosas tengo!), libros usados, de segunda, tercera, enésima mano, que pueda toquetear mientras tomo mi café. Al salir a lo mejor me compro uno, o no…

La próxima vez no me dejaré llevar por el canto de la sirena. La próxima vez lo planeo, tal como planeo otras mil cosas. Me busco un café biblioteca, leo información sobre el sitio, me entero de las actividades y si me convence me lanzo a ser un poco bohemia. Pero un poco, nada más.

 

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